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Patricia L. Boero |
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DE SOMBRAS I
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(1era.
clase)
En la heredad del patio hay luna de cilicio.
Revertir el dolor cobijar la móvil resonancia del paso.
Maestría del cuerpo que se embebe en la elegante contumacia de la sangre que vierten los tacones.
Modos discretos de agonizar con gozo.
Roja madera.
REGISTRO DE UN ESTADO DE COSAS
¿A
quién
el
crédito de la mirada
si
desde allí se urden
incidentes,
fatales
coordenadas
o
apenas se eluden,
hasta
no poder mantener
en
secreto el apremio
de
ese instante familiar
y
sin embargo a punto
de
acelerar la potestad del caos,
esos
desencuentros
que
en abierta persistencia precipitan el fin
en
la lenta certeza
de
que amar no es eso
precisamente?
¿Y
a quién
que
no reclame
de
esa misma mirada
algo
que sea
menor
a un punto de enlace inexorable
y
del amor
que
se resuelva en un acto
de
insensata costumbre
la
transparencia de esta vida
absuelta
de ferocidades cotidianas
y
del intento voraz de instalar
una
clausura entre ayer y memoria
como
resguardo de las últimas certezas,
para
decirle aún?
JUICIO DE CONDENACIÓN
Hincan
su diente.
Castigo
a tanta
boca
abierta
de
asombro.
Alguien
sangra.
Lamentaciones
tardías,
más
espanto.
Veloces
para soltar la presa.
Que
acuse la estocada
pero
que aún no muera
pues
en su aullido hay precisión
de
monte
y
gustan de escuchar
las
voces del exilio
para
saberse en casa.
¿Qué
látigo de sombras?
¿Qué
duda blanden
esas
manos que aprietan
la
garganta?
¿Y
la boca? ¿Qué ríe?
El
camino se ensancha
Borran
hojas y hojas las fronteras
perfectas
entre senda y campo
atravesado.
Cuando
le llega el árbol
a
los ojos acude lo sagrado
como
dardo y lo clava.
Desprovisto
de todo
será
su consagrar
lo
último
que
reste.
Ya
es de noche.
Atrás
queda la casa a la que no se vuelve
SENTENCIA
FINAL
Ni
siquiera esa dicha mezquina
a
la que aspiran
ciertos
fraudes cotidianos
que
al esgrimir sus trazados,
conspiraciones,
cálculos o entradas portentosas
se
alimentan puntualmente de la sangre
cobijados
en el puño de la muerte
o
lo que es peor,
bajo
mínimas fracciones de encanto
hogareño,
seducciones
por
las que aún la belleza
termina
destilando cierta
imperfección
hereditaria
de
la puesta en escena
sin
distanciarse de lo previsible
y
no obstante
sobreviven
aún
siendo
considerados preciosismos
de
calculada virtud—
se
salva de caer alguna vez
en
la azul superficie del cuadrante
hacia
donde alguno es lanzado por error
si
es verdad que allí se mide el calibre
de
las almas
y
que hay menos de inútil heroísmo
en
aquel que es eje de una ausencia
que
en el otro que corre tras su presa
en
el intento de adjudicarse más tiempo
y
consistencia para sí
de
la que tendría un parpadeo.
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