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Patricia L. Boero |
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DE SOMBRAS II
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REMOLINO DE MAR
Variaciones sobre una
fotografía de Javier Esteban
Habrá
incendios devoradores
que
aleguen temporal jaculatoria
en
boca inaccesible.
Tanto
hemos sido en poquedad
de palpación
como
en roce de letras
veleidad
de sílaba vuelta ahora
hacia
adentro.
Retoños
apagados
en
la línea de fuego.
Última luz
como
un disparo al aire.
El
fondo nos divisa en nuestro
extremo
débil,
techumbre
que empuja
hacia
lo alto
y cosecha
elementales
sombras.
Enemiga
memoria
deslúcete
de
puentes levadizos.
Tantea
en la rotura
un límite,
claro
como un ojo cegado.
Sé
piadosa costumbre.
Abatida
desnudez de máscara
piel
aterida.
Que
así se nos conceda la perfección
de un olvido magnánimo
cuando
la mano esté a punto de fechar remolinos.
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PERDIDA
FE
En
eso que nos toca
quién
pudiera sin alivio sin pausa
nada
anudar con nada
si
oscura herida no fuera el tiempo
que
ordena explicar lo indecible,
como
aquí y allá el requerimiento
que
traiciona lo único,
cómo
eso no nos hace morir
de
tanto inútil haber dicho.
¿Quién
dijo: el abandono próximo
será
tu último sorbo?
¿Quién
dijo que al final se suelta
hasta
lo prometido en el inicio?
¿Quién
dijo que morirás de vulnerable?
El
incendio que queda más allá
de
las sombras de la noche
en
el bosque cerrado.
El
poema lo dijo.
No
simple asedio, no, desfallecerle,
trabajados
por él, a él consagrados.
Que
fueran alineados, silenciosos,
que
fueran tras los pasos del agua,
de
la llama, que fueran
prometidos
a ninguno.
En
nombre de un temblor mayor
se
dice sí, al menos se abren sendas,
se
desdicen palabras.
Qué
solo puño en la captura
del
misterio inasible de la rosa
fue
confesar lo que apenas supimos
y
enmendarnos por lo que
de
esbozo tenían nuestras letras
-quién
sabe- si la última brazada
del
ahogado.
¿Y
qué fulgores habremos abatido,
qué
demoras
y
qué sangre nos habrá traicionado sin más
cuando
debimos haber dejado todo
en
estado de infancia?
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EXTRAMUROS
No volveré a pasar por esta calle, no, no volveré.
Me verás cerrar los ojos, talle al aire, cintura desembozada (conocerás mis cicatrices, mis secretos) en el zaguán donde fogata somos, puro incendio.
Pero esta calle, nunca.
Aquí fuimos expuestos a la peor borrasca, amansadas por juegos nuestras fieras, cortados los tendones del brazo que puja por erguirse, narcotizados por la fuerza silente de las tapias en multiplicación.
Escupiré la cal desde muy lejos, seré vestido rojo, haré una tribu de prole y prohijados de fuego e inocencia rescatados del lodo elemental hasta más no poder aunque me parta (tan sólo una farola china supo de mí, su luz que desnudaba mi perfil por detrás de las transparencias de mi falda y mi blusa)
Y viviré de hurtarme a los caminos que al fondo declaren sus cerrojos (ya ves, me contradigo)
y tú, universal querencia, hueco de mí, amor mío por las palabras que me rozan, errar de polvaredas y arenas en los ojos de las charcas, serás recodo que dé al mar; leño abrasado por la curva de mi corona ciega, errabundo barco de cien navegaciones,
o desaparición
en el zaguán donde me enciendo de ti, de mí, como candela.
Porque esta calle nunca.
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