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Patricia L. Boero |
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TRAVESÍA DE MIRADAS
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TRÁNSITO
El presente deja constancia del infinito azar.
Y el paso ya no se mide en pies sino en olivos.
DE PROFUNDIS
Apenas
volvemos la mirada hacia
su lomo de arisco pelo pardo el
tiempo gira y se frena en
la grupa del día, nos
clava en las muñecas una
sobrevenida orfandad de
horas trasegadas. Un
brillo de navaja y de lengua de
fuego perfilando la rama se
nos mete en la sangre y
un trote nos ahuyenta de
nuestro cobertizo a desatar la
rienda de las últimas horas celebradas. Nos
echamos a andar hombro
con hombro. La
infancia es la calleja y
el portal el camino y la salida mira
al punto de fuga de
la visión tendida donde
el cardo azul hospeda todo
el cielo y
en beatitud renueva la inocencia de
los juegos primeros, la
sagrada hermandad entre
el niño y la tarde. Nos
quedamos allí arrebujando
silencio de extramuros. Tenue
fulgor sale del escondrijo que
robamos a los dioses mayores. La
mano escarpada del despeñadero nos
llama, nos bendice. El
parpadeo atrapa y el animal se deja, salvado
de caer. Emprendemos
la vuelta de
soles escurridos. Bestias
de tiro que cargan el
fardo de la tarde liviana somos
dos que aligeran el
peso que en sus ojos es
látigo y esparto. Y
la espalda nos dice compañeros
de trote de
pena repartida y
hasta el pueblo nos sigue agazapado,
el chirriar de una puerta que
se abre hacia el monte a
la carrera. Cae
la noche y nos toma despacio de
la mano y hunde su hocico en
las alforjas de verdinegro fondo y
luz recuperada. Come
de nuestros ojos su
forraje de estrellas.
MUJER SENTADA
En
otro tiempo sabría desde su lengua pronunciar
intihuatana, donde
se amarra el sol con
pie mellado asentar la
cumbrera hasta calzarle sus sandalias danzar
mano con mano entre
el polvo que nos arremolina velar
entre una hilera de eucaliptos qué
hacer por el cordero prematuro qué
trigo a cada quién y para qué (era
un tiempo de candelas dispersas, peñas
rodantes, pájaros de buen agüero y
acaso ella se llamara simplemente Perdiz) mas
basta a nuestro metro
cuadrado de ternura en
donde nos asentamos aquí y ahora y
por siempre a naufragar en el cielo sin
argumentaciones esta
muda frontalidad del
rostro que se inclina y se vuelve a
preguntar al aire: ¿cómo
se dice: niño
y mujer a la espera de la luna?
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TEJEDORAS DE HUILLOC
Los
ojos son rasgados por manojos de
frutas, amansados en trueques de
chicha hirviente y lana, trasquilada la
propiedad se teje con la sangre. Perros
de cacería magra que no muerden el
hambre merodean costales de maíz Por
ajenas cinturas se va escurriendo el
trote, brillan blandos pedernales y
labios retenidos en
la palma del surco se beben uno a uno los
pocos muchos soles. Estos caballos de
altiva servidumbre se amarraron a
nada: Alfa, Beta del Centauro. Y
cuánto vientre después de disponer los
huesos sobre el lienzo recibe
a la extranjera en
la rueda de bocas, camino arriba, siempre, como
siendo y no siendo, en
la hilera de lanas cuando
atrás quedan los
pocos parentescos y
uno la llama nuestra.
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§
SUPERPOSICIONES Desde que vio ese malecón supo cuántas leguas de agua le faltaban de mar. Una bufanda suave, vellón azulado contra el cielo plomizo. Esa era ella, en el malecón del barrio Miraflores.
Manos abiertas, confundidas de puro acontecer y ciegas de distancia queriendo compartir el pan con las gaviotas, que esos vuelos atentos a su sangre rasgaran la muralla y fueran hasta él.
Y entonces, ceremonia, la única faltante, la a medias voz, la secreta inconsciencia de imposible reemplazo.
Apretada contra los tilos de su pecho, ardiendo de humedad, abastecidos de farolas, de flores, de mentiras, bajaron a la playa, una playa estrecha de rodantes piedras sin atisbos de paseantes, como dos niños desahuciados. Por entre la coladera de la tarde —sol de hilachas, vencido por el acelerado aterrizaje de una lluvia de pájaros en picada, arrendaron una parcela de chaquetas con los brazos abiertos y se crucificaron. No eres tú el que ha engarzado una a una las letras de mi nombre, le dijo, algo me sabe a sal, a vertedero y por eso me aferro y no quiero mirarte bajo la fina lluvia que producen los choques. Me derrubias, me enfermas y podrías llamarte Juan o Miguel que sólo me quedaría con tus ojos, con la menta recién cortada de tus ojos, con ese socavón de cristales que me resultan familiares porque me llevan lejos.
Tú tampoco, es el reflujo de nacernos un par que se debate por circular en las arenas, es el sendero donde no te hallas y hacia donde me alzo el que me vierte en ti. Sólo fuego cruzado, bengalas que lanzamos más allá de nuestros propios ganados continentes. Fue entonces que se supieron deshechos, quebrados, anhelantes de otra figuración. Él, buscando en el cuarto de su boca la lengua muerta de María. Ella, buscando en la eterna escarpadura del mar, perdido a sus espaldas, la viva naturaleza de los bosques lejanos, su mirada.
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| El Embarcadero |