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Patricia L. Boero |
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LA LECCIÓN DE ANATOMÍA
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I. VIVISECCIONES
Harán
una incisión de punta a punta
sobre
el cadáver yerto
en
la mesa de las intervenciones:
Cristo
se ha muerto después de un Calvario
de
puntuales razones que avalan la teoría
de
que las carencias que enumeraremos
son
fatales para la supervivencia de los dioses:
el
frío y el temor, la agonía perpetua,
el
cansancio, la nada
—
dirán los catedráticos
y
notarios que a todo memorando
ensartan
con su pluma filosa,
aves
de torva cara, oscuros escribientes—
mas
no de amor, señores, que es cosa
de
los hombres y algo que jamás afectaría
a
ningún componente de la perfecta trinidad,
Dios
nos libre y nos guarde.
Después
tratarán de darle palabras
al
cadáver, haciéndole decir:
He
muerto por vosotros,
por
el salvataje encomendado por mi padre.
Yo
no quería— esto va susurrado
mientras
el escalpelo hace lo suyo—
el
fin de los odres de vino prematuro
ni
dejar de acostarme con María,
la
que con lágrimas me lavó de la muerte,
yo
no quería la misión del salvaje deseo
de
mi Padre altísimo.
Conocí
en Siquem, un pozo de agua
donde
una enemiga de mi pueblo
me
dio de beber y donde el verde,
un
día, me pintó la mirada,
el
carozo amargo de la aceituna,
el
desierto sembrado de dudas.
¿Cómo
harán que yo diga que fui
un
avezado profeta que pensaba en mañana,
en
llenar sacristías, estampas, devocionarios
marchitos
por el llanto?.
A
esta altura, la incisión le llegará a la boca
pues
habrá que hacer callar al maldito,
ahogarle
las palabras en su propia materia
desbordante.
Y
secarán la sangre, con rapidez de lavandera
para
que no se note.
No
sea que Dios, se nos transforme en hombre
y
haya que comenzar a derrumbar
las
catedrales.
II.
La consp
Hemos
comenzado a derrumbar las catedrales
—anunciaron
los magistrados de la letra.
Nos
tornaremos graves de toda gravedad,
amigos,
bestias
de
nuestro propio pesebre consagrado,
se
escurrirán los hilos de saliva
hasta
mojar nuestra levita negra.
Nuestros
goces son así,
desmesurados,
cuando se trata
de
acabar con algo.
Hemos
comenzado a destruir las catedrales
con
un amor apenas esbozado
por
lo que vendrá a suplir estos signos caídos
del
pedestal hace ya dos milenios,
por
otros menos cargados de tragedia cristiana.
Nos
molesta la cristalería, la fachada,
el
coro superior, la nave de los locos.
Nos
espantan los pesados terciopelos
el
sagrario de plata, los códices miniados
la
Palabra escabullida de la Biblia
—horror,
sin haber sido interpretada
según
las directivas de la Iglesia—
Esa
Palabra que rebota y vuelve
y
nos trae por las noches nuestro espanto,
el
íncubo y el súcubo que pesa
en
nuestro pecho,
la
pedrería donde se acoplan los silencios
con
el ardor de la escritura.
Por
el bien del santo patrimonio
de
nuestras limpias letras: oíd,
esto
es retórica, estilística,
puntuación
desmesurada,
punto
de esmirna, panal de las abejas,
esto
es metáfora, sinécdoque,
esto
otro es el río amurallado
en
el cáliz que no nos interesa
y
lo de más allá la hostia que manducan
los
desesperados creyentes
de
inconsecuente fe
y
muchos homicidios inconfesos.
Por
allí encontraréis las opiniones desbordadas
de
un idiota que desechó los santos sacramentos
y
más lejos la podredumbre de una soga
alrededor
de un libro apolillado
y
por el otro lado la imagen de una virgen negra
de
clara procedencia pagana
—al
final os las tendréis que ver
con
la figura del mismísimo hijo
del
Altísimo Señor del Universo—
y
esta es la maza para hacer el trabajo
consagrado
a erigirnos en probos
destructores
de la santa catedral
de
las palabras demasiado entregadas.
Retirad
esas velas, señores, que
aqui
no velaremos el cadáver
de
la Literatura.
Más
bien, con cada fisura que le
hagamos
al cuerpo consistente
de
este templo, iremos bordando
el
territorio para aquellos que vengan
a
hincarse ante la nada que les regalaremos.
Qué
trizas ni qué trizas
sólo
estamos acelerando la caída
de
lo que al fin se morirá de viejo.
¿A
título de qué tantos lamentos?
Es
nuestra fiesta.
El
modo que encontramos
para
dormir en paz con los ojos abiertos.
Celebremos.
III.
Tour de
Saint
Jacques
Debajo del espanto acurrucado
los
escombros
mienten
una antigua construcción.
Lo
hicimos solos—gritaron.
La
suficiencia hizo el trabajo sucio:
un
desolado ejército de locos
imprudentes
por pura vocación
de
arrasamiento
y
el orgullo esa serpiente eterna
que
nutrió esas infancias
donde
el juego les estaba prohibido.
Debajo
de la piedra hay sólo piedra
—declararon.
Ignoraban
que la piedra
guarda
en sus antesalas el preanuncio
de
toda habitación futura.
Debajo
del escombro hay sólo escombros—
Desconocían
que la ruina engendra
un
cántaro de boca generosa,
un
agua viva
como
todo lo que el final
consume
para alcanzar el alba
que
no cesa.
Estamos
satisfechos, reyes de un pueblo
pobre,
merecida jactancia nos arropa
ardemos
de impaciencia por deshacernos
de
la Gran Catedral pues estas fueron
meras
aproximaciones necesarias
para
encumbrar un poco nuestro oficio
maldito.
En
consecuencia,
veréis
caer a la Madre de todos los Templos
construidos.
No
falta mucho tiempo
para
que os veamos liberados
de
las cadenas de plata que os mantienen
unidos
a los sueños y a los cielos
pues
ella, la Mujer, os ha enredado
en
discursos vanamente adornados,
en
incienso y en ceremonias necias,
tan
maldita sea Ella como Él, aquel
que
hemos matado en la Academia
para
que no pronunciara las letras
que
lo nombran.
La
Dama no os responde.
¿Lo
habéis visto? Su mudez la delata:
sin
argumentos es puro arrobo y nada
de
razones. Un ser ineficaz,
de
cabellos al viento para nada.
¿La
veis, callada sobre el umbral del
mundo,
señalando hacia afuera?
Os
mira con sus ojos, bebederos de
la
noche clara.
También
la intervendremos
como
a Él, ese confeso testigo de los pozos.
Pasamos
por un pueblo donde todos
cerraron
sus puertas cuando oyeron
el
trueno que traía nuestra mano.
Sin
embargo —siempre hay alguien que
traiciona
el secreto—un ciego nos contó
que
se decía que había vuelto su alma
a
rondar los espacios, los olivos, los
montes,
las mesas de taberna,
la
casa de María y sus ungüentos.
Retoñan
siempre estas especies
perversas,
como obstinadas plantas
y
no damos abasto.
Pero
ya llegará el deshacernos de estos
dos
que inquietan nuestras noches
de
inmaculada limpieza necesaria.
Primero,
el
edificio mayor, sus arbotantes
sus
gárgolas, sus vertederos de agua,
y
el testero donde se apoya el órgano de
tubos.
Pues también la música espanta
nuestro
oído, ese cruel pasadizo entre
árboles
de oro que no tolera nuestro
fuerte
carácter de lógica perfecta.
Nada
de sentimientos, señores,
ya
lo saben, nada de andar llorando
por
la desaparición de vuestros arquitectos.
Nada
de andar mirando estrellas en el cielo
ni
cometas que indiquen fin del mundo.
Enjugad
vuestras lágrimas de infantil desamparo
y
alegraos.
Somos
los venideros. |
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