![]() |
|
|
Patricia L. Boero |
|
|
ROSA DE LOS VIENTOS
|
|
DEFINICIONES
Yo soy el que siendo.
Apartado de nombres se me nombra: la letra que falta.
Atributos que caen uno a uno sobre mí. No hay resistencia.
La palabra es llovizna
dulce sobre salado.
Desde lo alto puede considerarse la demiurgia de las nacientes aguas como agitación— confirmación de selva y espesura excesiva: descontrol.
Pero el ojo que se demora en el arrodillarse del fondo ve miríadas de pequeñas criaturas y lo mucho que hubo que sembrar en lentitud para que la abundancia sea arriba.
En el vientre nueve lunas largas reverencian y bullen. Debajo del agua quieta el corazón en calma parece desbocado.
El principio no es el caos sino el retiro de algún dios su apartamiento.
Tengo nervios— los que sostienen la caja de madera olorosa como un encordado de ignorancia modal, tonal, sin género preciso de música, huérfano de partitura
unos ven agitarse de redes se distancian otros arpegio de instrumento se aproximan
eso dice la palabra Verbo: polifonía sobre el silencio.
Alguna vez fui yo cantar en ciernes, enamorado salmo del nombrar se me nombraba
hoy, viento que inclina ningún mástil quebrado — flexibles son las ramas— ante la pregunta:
¿Quién eres? ¿Cómo eres?
Comparación, medida, desconcierto.
Sigo siendo el que siendo, el nombrador pudoroso de su boca, el que corre como la tortuga. Rayo, para le gestación de la simiente. Demora, para Aquiles.
Una versión distinta del anterior metrónomo, una igual música, una sordera conocida.
Celular, multiplicado y diversificado y sin embargo uno.
La mayor deficiencia de la letra es que se acumula.
Yo soy el que siendo: también el libro santo donde todo quedará tallado.
La traición del espacio saturado al presente inubicable.
Pedernal de sílex para lo sin voz.
Hubo un hombre que rompió sus artejos un día contra el muro de vehemencias y alcanzó el otro lado de intensidad serena.
Se desamarraba en demasía, paradojas de lo quedo.
La historia tiene capítulos censurados pero todo se consuma de acuerdo a su naturaleza: los dedos masacrados la levedad del alma en una sola no correspondencia con la actual vestidura.
La memoria tiene hojas tachadas.
Se recordará a su maestro como el más manso y humilde multiplicador de panes y de peces. No habrá látigos, no, en la iconografía de los templos, ni cansancios, ni sandalias de correas gastadas, ni vulnerabilidad.
No habrá memoria para el insistente ni recuerdo para el que caminaba sobre mí su propia conjunción de estrellas.
El vacío es la exuberancia de hacer espacio pleno, la riqueza del mísero que no se parapeta.
La paz del constructor de puentes y el frenesí del cosechador iletrado suelen medirse desde afuera. Pero el fiel de la balanza no responde a las músculos sino a los interiores de la casa.
El movimiento de la desesperación puede saltar abismos en cámara lenta, crear lazos que ahorcan sin advertencia previa. Cantos de sirena para los marineros de Ulises.
Los navegantes un solo corazón una sola mirada en la incompletud de sí se amarran juntos en el fatal peligro.
Y son salvados.
La carencia es la palabra en fuga, la falta cuya existencia nos confirma lanzados. Nunca hiere el que busca y rebusca un cuchillo con más o menos filo, un pliegue por detrás de lo liso, una ola nueva para la marejada.
El que busca no matará: se morirá primero antes de perpetrar la muerte ajena. En su buscar abandona hasta la última defensa de la torre, el timón seguro de la nave, el muro por el cielo.
El habla es un modo de deponer las armas. Una forma de la muerte digna.
Jamás es la rosa ya ordenada la que entrega aquel que pétalo a pétalo dice y desdice su corola. El arquitecto de las rosas sufre de marcha y contramarcha.
Las rosas se hacen.
La completud, en cambio, es el ahogo en sí, la exactitud de lo efectivo, lo poco que da en el blanco sabiéndolo, lo que no dice y vestido de parquedad desnuda la viva llaga del indigente que hace de sí banquete diseminado porque no tiene nada.
El mísero alimenta de su única espiga, decora la mesa de la boda. El rico acumula en los graneros. Parte y reparte pan amargo de discordia, los silos henchidos, las bocas hambrientas. Las palomas que acuden se mueren de aturdimiento, girando.
La completitud que se viste de mutilaciones es la muerte del otro, la caída del huésped del aire.
La espera es no saber: una tensión tranquila de apertura de puertas.
La compasión no desconoce las entradas ni persevera sobre los candados.
No todo se ocluye de la misma manera.
El misterio es la puerta que se abre sin tocarla siquiera. La violencia es multiplicación de cerraduras en la habitación de un niño.
Un destrozo es la imagen, un amontonadero de escombros, un dinamismo que arrastra entre guantes de seda.
Yo soy el que siendo.
No me agoto en la superficie del reflejo ni me defino en las profundidades.
Para abrazar la letra del origen sólo hay que atravesarme. De lado a lado y de arriba hacia abajo. De horizonte a horizonte, de cielo a cieno. El nudo del anuncio: movimiento simple de dos coordenadas.
La estrella se encenderá en la detención del medio punto como en las catedrales, cuando se acabe el gesto y comience el corazón de las señales:
el centro de la cruz en la rosa del centro.
Soy la puerta abierta desde el día primero. La arena es la acumulación desierta que me guarda.
La llave no se halla en las palabras del tratado que se ha hecho sobre mí: no hay claves de puerta entornada ni combinaciones para el que no espera el saqueo de tesoros.
Mi propia voz es el misterio entregado a quien penetrará en la cámara, antes de todo sigilo.
Yo soy esta infrecuencia de la playa calma borrada por la ola, este lenguaje de los bordes interceptados.
Ni paralelo ni angular
Yo soy la cruz
el centro de un escándalo geométrico
el mar
menos
que una pregunta
|
| El Embarcadero |