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Patricia L. Boero |
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LUNA EN VÍSPERAS I
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MARGEN
Et hoc eius latere est.
Ángel
custodio
del desierto
apela
a su desaparición
para
probarte.
La
mano es por sí misma
caricia
desnuda aunque toque
nada
y
por eso.
Vértigo
extremo que se resuelve
en la caída
donde
principia
el
siempre del verdor.
La
voz reclama su salto,
aunque
dolor no entrañe ya
desplazar
los pies
hacia el borde
pero
sí riesgo no calculado
y
vuelo probable.
Todo
pide su máximo alcance:
la
palabra y el ala
la
espera al pie del aire
el
gatillo de la vida.
Fogonazo
que ciega
dando
a luz
Tiro por elevación
De
Dios, la herida
Yo Casi salvado.
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YOYOMA Y YO
Instrucciones para navegantes:
al
Japón se llega en línea recta
atravesando
el magma
No es un cello ella ni una celada,
los dedos del intérprete profanan el cuerpo insustancial de la mujer extremaunción de labios cuerdas recorridas
lo subvierten le hacen cantar verdades
lo desacralizan a cuatro vientos.
Ningún avión o barco importa —su tacto habita este país de pesebre, cuarto en la trastienda.
No
hay fondo último
cuando
la belleza lo ilumina todo
ni en Bach ni en las suites ni en el ludir del arco
se hace el amor como los dioses.
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GABRIEL Y EL RASCACIELOS
...una ciega que palpó su reloj
al sentir mi presencia... Handke
Ciertas palabras se escriben
igual
pero
con distinto significado,
distinguiéndose
por el...
(Compendio
de Gramática)
Reiniciar la prueba de salir ileso de cada función sobre el alambre. Restituir al aire esta cápsula sin servir que todavía no se dio al pliegue de la muerte, fiarse del móvil de la tinta que permanece en su envase originario. Afilar el extremo más endeble de la voz para impedir el arranque azaroso del grito.
O
ir a la adivina.
La 'a' es alfa privativa por tanto, el saber acerca del futuro está reñido con la diosa.
Entonces ignorar la tensión de los abismos.
Un
cuerpo que cae, imprime.
Llegaría a nivelarme con el afán del herrero en un sólo gesto. La pieza perfecta desde la única elipse de la mano sitiada.
La
rendición es una conjunción adversativa
que
copula con el plano por desfallecimiento.
Plantaría esta cabeza sobre el mugir del yunque y su metálica sed.
Me multiplicaría como un pan reseco cuando cae desde el borde de la mesa y se siembra en el suelo, como un vaso de vidrio soplado, un vaso azul.
Limitaría entonces con el borde de tu silla de liviana madera, desde donde miras mis escarceos amorosos con el desequilibrio.
Te prevendría antes si mieses o astillas de cristal.
El cielo, te diría, mientras se tornan agua los fragmentos,
el
firmamento bajo, sobre la mesa de Cibeles,
humedeciendo
las cáscaras de pan
para
que no te sangres.
Alertaría al público de mi negación
al
espectáculo de hoy: Cerrado
por
balance sobre el trapecio
y
ejercicio solitario de las virtudes del volar ante una única presencia.
Tendría la clara certidumbre del color, ese engaño cromático que reincide entre huesos.
La mancha se espesaría hasta alcanzar una recomposición celular ineludible cercana a la textura del musgo de jardín. Tonalidades adulteradas que vayan del rojo al negro.
La luz trabajaría a mi favor plantando mares en derivada superficie.
Verías el mapeo súbito levantarse ante ti, con el acento mínimo que tienen los islotes cuando se van hundiendo por propia voluntad.
El
fondo está frecuentemente arriba, cantaría mi negra voz, resina acodada en la barra de nácar deslizante,
arriba
de este blues, debajo del alcohol.
Naufragaría a la altura de tus dos imposibles.
Se abrirían las puertas de la entrada principal dando paso a la jauría con sus billetes entre dientes reclamando la devolución de sus importes.
Profanaríamos el hedor de las butacas, desapareciendo entre telones mientras, a tientas, escalo tu mirada.
Alcanzaría a demorarme el tiempo justo para robarle al dueño del circo la pianola.
Toda esta humanidad si me soltara.
PALABRAS CRUZADAS
Una nota apenas para decirte
cuánto iluminas.
Francesco
Simonelli
Juntas las manos y llegas a saber apenas todo: cómo hincarse ante el hambre de objetivo que sustenta el móvil de la flecha
cómo borrarse para no ser la diana
también lo mínimo:
la crucería improvisada de los templos y el tamiz que retiene el azar de los rezos:
lo escurridizo de la flor lo perfumado de las aguas.
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| El Embarcadero |