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Patricia L. Boero |
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LUNA EN VÍSPERAS II
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NANA
Duerme en la boca de la noche son las balas el asiento de un voraz desastre vaivén de deportados danza de magra suerte dentellada de lobo.
Duerme oscilan las rutas húmedas imprecaciones al asfalto una fila de ahogados golpea las compuertas
Pero
duerme y que el sueño te inunde de una fuga hacia el centro del corazón del árbol
que la sábana cerque para ti un huracán de lilas.
ORIGINARIO
Todo decir
saciado
de instante
nace
simple en la entraña
Francesco Simonelli
Abandonarse al viento así la música remota esfera en nuestro cuerpo bebe huecos exactos
bordes
las manos cubren la desnuda forma brocal de los decires columna de brisa levísimo roce de la voz resurgimiento boca
es el asombro la evidencia pura del manar la fuente cuando se desanuda el centro de la lluvia
y se hunde en la brasa y danza.
Que llegues al borde de los verbos y saltes a la garganta de tu nombre y sea toda palabra dicha senda y guijarro al sol única luz siempre nacida.
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DoDesKaDen
He conocido la vía de los ciegos. Sin accidentes. Fina escucha para tejer arpegios.
Vuelvo a buscarte en el nombre de la seda. Sudario de orugas, batientes alas en el cordel de tu temblor.
Tú. Ardiente broche.
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EL AÑO DEL LIBRO
Hablarte
con palabras visibles y palpables,
con peso, sabor y olor
como las cosas. Octavio Paz
Entrega. Junto a los interiores de un antiguo tesoro cotidiano, trasperdido de puertas, portales y portadas, abierto en flor, acecho de trazados la sola vanidad de plegaduras, precarias huellas que nunca se adelantan a tu lento mirar— mínima ofrenda— desenlazadamente en hilado de flojo circundar los meses.
Avanza. Acaricia el aire como tacto sabido, consentido, por cada hoja, pulpa de árbol, por cada una de las hojas a cuyo desamarre se dispuso la rama del otoño y halla la pluma, bajo el tibio recato de un solo continente toda el ave estrechando ese océano límite, esas manos que amo.
No es nieve y sin embargo cae con lentitud como sabiendo la lección del invierno, pulso desnivelado, blancura y trazo del pie sobre la senda. Florece en fértil boca de niño bajo las motas blancas, paraíso en la acera. Y sobre el mar deriva apenas negado de su sol del cuerpo de su sol pues le convive, florecido de expertos nadadores, algas, liberadas melenas de salobre mecerse tras las ondas.
Todo el año fue así. Suelta de letras como de palomas, y salva de caricias al por venir del tiempo, a la huella quebrada y al instante donde la rendición anuda las direcciones del viento, a un mirar mutuo. Un lazo de silencio en la leve cintura de las cuatro estaciones
cañas cruzadas y devoción de mimbres
moviéndose
buscándose.
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| El Embarcadero |