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EL CRUCE
Hay un trozo de realidad al salir. Está ahí abajo, donde la luz del
vecino sol poniente recorre aún el trecho de calle que le falta y a la
vez le va sobrando. Luz de un incipiente tono dorado que se estrella sin
falso pudor, casi con alegría, en la parte trasera de una furgoneta rojo
vivo, aparcada, diríase parada como un animal a sestear con un guiño. La
calle cruza en sombra y desciende larga a la izquierda, mientras por la
derecha, justo debajo del balcón, asciende apenas y súbita termina sin
que se le vea el final. Aquí, hacia este pequeño trozo concreto de
realidad, me inclino sin pretensión alguna y observo.
La fachada del edificio de enfrente tiene destrozado el ladrillo,
blanquecino, polvoriento y agujereado en algunos sitios. Por ejemplo,
sobre la primera puerta que se ve desde el cruce, ese agujero alargado a
través del cual no se ve absolutamente nada. Como un arañazo, acaba
suave y se entremezcla con el yeso y el ladrillo entre los demás
accidentes del muro. Y un poco más a la derecha; ese otro que parece una
boca. Como si se tratara de una pared en el fondo hambrienta.
Una mujer pasa caminando lentamente por la acera estrecha y gris. Lanza
una mirada de reojo al primer contenedor y lo rehuye asustada: sólo hay
arena, un buen montón de arena, todo un desesperanzado paisaje de arena.
La mirada desciende al pavimento, donde rebota y de ahí a la pared,
donde vuelve a rebotar y temerosa va a parar al segundo contenedor,
lleno a medias de cascotes y tablas menudas; lentamente se retira
entonces y se pierde por la calle, cuesta arriba. Luego vuelve
acompañando a la mujer como un perrillo. La mujer atraviesa la primera
puerta y empuja la segunda, del portal de la casa: allí deposita la
mirada en un interior irreconocible. Nada hay ahí que llevarse consigo.
Eso es también un trozo de realidad, de una clase que produce temor e
incertidumbre. Pues el que va a buscar no espera encontrarse con
millones de gemas de arena sin principio ni fin, en las que hundir la
mano sería como perderse y desaparecer. La mano que ya se aproxima se
retira, una cierta aprensión se ha adherido a la palma y trepa por los
dedos hasta producir una descarga de energía en lo aéreo del gesto. No
espera esos túneles que el amontonamiento ha creado en su interior,
algunos de los cuales asoman un solo ojo ávido donde se salvaguarda el
más absoluto vacío, mil veces más peligrosos que madrigueras habitadas.
Ni esa cantidad tan desmesurada sin valor alguno; y ese sin valor tan
esencial, no obstante y a la vez tan inútil.
Esa mujer que penetra en portal de la casa y abraza la desolada
oscuridad al menos familiar.
Al rato pasa un hombre con una camiseta deslucida a rayas blancas y
azules, pantalones vaqueros, una bolsa al hombro y andar trastabillante.
Le siguen tres niñas. La primera lleva un gran globo sucio atado a la
muñeca con una cuerda: lo lanza y lo atrae repetidamente, produciendo un
ruido frenético la arenilla que guarda en su interior. Las otras dos se
acercan al contenedor y cogen sendos puñados de arena que contemplan
parsimoniosas y vuelven a soltar, viendo cómo la arena se desliza
siseando de sus manos. El grupo pasa y se aleja.
Al tiempo que desaparecen, en la calle iluminada que atraviesa esta vía
oscura ha hecho su aparición una pareja de sombras muy largas,
elásticas, deformes como siluetas negras reflejadas en un espejo
trucado. No se conoce su modo de desplazarse, sólo su movimiento
incierto y veleidoso, absurda imitación del agua o del aire. Sus flecos
lacios, sus lados desguarnecidos, sus indecisos rostros de sombra
golpean contra la consciencia. Cierro los ojos y muevo la cabeza.
Encima del portal hay una ventana rectangular que abarca varios pisos,
de madera y pintada de azul. Esto también es un trozo de realidad,
troceado en multitud de cuarterones iguales, todos de madera y pintados
de azul, cada uno con un borroso cristal cuadrado en el centro. Alguien
debe subir y bajar por detrás suyo, de un piso a otro y de los pisos a
la calle.
No seré yo esta vez.
Entro para continuar celebrando el cumpleaños.
CABALLO
Hay un caballo. Un caballo negro. La pata izquierda herida lleva un
vendaje. Los ojos del caballo también negros, de un negro profundo. Una
pequeña estrella muy brillante se desliza suave en la superficie, como
una linterna, iluminando cada rincón del exterior.
El que busca no tiene miedo. El mundo se va alumbrando de forma
discontinua. El que busca ese mundo no tiene miedo, ni prisa, ni
pretende ser coherente: es precavido para ser exacto. La sensación debe
ser nítida porque el cuerpo y la mente del caballo viven entregados a
ella. Y eso es todo: el instante completo, el tiempo que se le deja al
instante para llenarse, para ser.
El que busca, el de dentro, es un desconocido. Sólo se sabe que lleva
esa linterna que es una estrella, que la mueve despacio y la fija como
un pájaro al detener el vuelo en el aire, ese aire negro, y la dirige
hacia lejanías. El caballo es su piel; el mundo que registra un trozo de
sendero virgen, sendero de luz, virgen de luz
La luz le dice al caballo: por aquí. El caballo prosigue, ni dócil ni
terco, entregado totalmente. El instante lo envuelve como una toalla
grande y tibia después del baño, lo inunda como el primer té al amanecer
en un día de invierno. No siente la obediencia, la voluntad le es ajena.
Pisa siempre suavidad de fruta o flor, de aguas murmurantes a los pies
de exuberantes sueños verdes.
El caballo es negro y en su pata izquierda lleva un vendaje. Hace tiempo
se le clavó una espina. La herida no cura, ni curará nunca. Porque el
dolor acompaña cada uno de sus pasos.
Su semejante, su hermano. Su hermano que permanece aún en la oscuridad
total, duro, sin tierra, violento: la madre por amor no lo dejó morir.
EL GUARDIÁN
Me encuentro detenido en el cruce, la única presencia del semáforo a mi
lado. Llevo esperando varios minutos sin que el tráfico disminuya ni la
luz cambie de color. De pronto se escuchan los frenos de un automóvil .
Observo que los coches se han detenido a ambos lados y el paso queda
libre. Comienzo a andar.
No he sido yo quien ha pulsado el botón solicitando la parada. En un
instante comprendo que ha sido el ángel de mi hermano muerto. Consciente
de su compañía, la calle abunda en sombra: sombra de una cualidad
angélica, respondiendo desde la interioridad. El aspecto de lo que me
rodea se hace muy difuso. Llueve sin agua, la caída es sin suelo, marzo
agoniza.
¿Es que el yo necesitaba un guía? ¿Desde cuándo no podía valerse? ¿Por
qué no he sido informado hasta hoy? Las preguntas se enroscan en su
propia peripecia como serpientes de aire, vuelan, se elevan. El hecho es
sólo uno y evidente: mi hermano no se separa de mí.
Únicamente puedo verlo si le miro de reojo. Ha sacado un objeto
brillante del bolsillo. Es un reloj de plata. Lo abre: son las trece de
un crepúsculo en fuga que permanece horadando misterios desde la
eternidad. Le reprocho a mi hermano lo mucho de excesivo que hay en su
reloj. Pero él, con una dura mirada de advertencia, me hace callar.
Estoy perdido. Comprendo que mis pasos han revocado su antigua presteza
y mi cuerpo, es algo que casi se adivina, elabora movimientos
inhabituales. Todo parece ahora dirigido (extrañamente, sin angustia).
¿Debería sentirme mal ante tan avasalladora humillación?
Mi hermano tiene olvidados los ojos a gran distancia. El horizonte soy
yo mismo.

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